De la tormenta perfecta al resultado soñado

Por: César Espíndola, Director de Desarrollo Institucional 

Hay momentos en la historia de las instituciones en que todos los factores parecen confluir al mismo tiempo. Quizás no como una planificación deliberada, sino como una coincidencia compleja, exigente, incluso incómoda. A eso solemos llamarlo una tormenta perfecta. Y es precisamente en esos escenarios donde se revela el verdadero carácter de una comunidad.

Para la Universidad de Atacama, ese momento comenzó en octubre de 2023, con la entrada en vigencia de un nuevo modelo de acreditación para el subsistema universitario. Un modelo que no solo modificó criterios y estándares, sino que transformó la lógica misma del proceso evaluativo: una acreditación integral, basada en evidencias más exigentes, con muestras intencionadas de carreras y bajo una mirada sistémica del quehacer institucional.

La incertidumbre no era menor, se trataba de enfrentar una forma de evaluación inédita, sin precedentes internos claros, que obligaba a repensar no solo los instrumentos, sino también las formas de comprendernos como institución. Frente a ello, la Universidad decidió no replegarse en lo conocido, sino avanzar hacia un nuevo paradigma: instalar la participación vinculante como el eje central del proceso de autoevaluación.

Este giro implicó abrir espacios reales de deliberación, donde la comunidad académica, la comunidad funcionaria y el estudiantado, no solo opinara, sino que incidiera efectivamente en el diagnóstico y en la proyección institucional. Más que un ejercicio técnico, se transformó en un proceso profundamente reflexivo, que tensionó prácticas, desafió certezas y fortaleció el sentido de pertenencia.

Pero la acreditación no fue el único desafío en curso.

De manera simultánea, la Universidad enfrentaba un cambio histórico en su gobernanza: la implementación de sus nuevos estatutos. Este proceso no solo implicó una reconfiguración de sus estructuras formales, sino también una redefinición profunda de los mecanismos de toma de decisiones. La transición hacia una gobernanza triestamental, formalizada mediante decreto, pero precedida por una práctica institucional que ya avanzaba en esa dirección, significó el reemplazo de cuerpos colegiados tradicionales, como el Consejo Académico y la Junta Directiva, por nuevas instancias como el Consejo Universitario y el Consejo Superior, dotadas de atribuciones renovadas y de un rol más activo en la conducción estratégica de la institución.

Así, mientras la institución se evaluaba a sí misma bajo reglas nuevas, también estaba rediseñando su propia arquitectura de gobierno. Y como si el escenario no fuera suficientemente desafiante, el Plan Estratégico de Desarrollo vigente llegaba a su fin. La Universidad no solo debía mostrar resultados del ciclo anterior ante los evaluadores externos, sino también proyectar su futuro. Y hacerlo, además, bajo esta nueva gobernanza y con un horizonte inédito de planificación: esta vez diez años.

Este nuevo proceso estratégico no fue concebido como una actualización incremental, sino como una construcción colectiva de largo aliento. Manteniendo el sello participativo, e incorporando el protagonismo del Consejo Universitario como instancia responsable de su conducción, la institución se propuso diseñar una hoja de ruta capaz de sostener su desarrollo en un entorno cada vez más complejo y dinámico, resguardando al mismo tiempo uno de sus activos más relevantes: una adecuada salud financiera. Todo ello, en un sistema de educación superior que en su conjunto enfrenta importantes desafíos para asegurar la sostenibilidad de sus procesos, lo que otorga aún mayor valor a una gestión responsable y proyectiva.

Y cuando el proceso de autoevaluación avanzaba con fuerza, cuando el entusiasmo de la participación activa dejaba de ser una promesa y comenzaba a materializarse, cuando proyectábamos con optimismo la anhelada visita de los evaluadores externos, la naturaleza nos tenía preparada una nueva prueba.

El temblor de junio de 2025 de magnitud 6,5.

Una bofetada inesperada que removió no solo la infraestructura, sino también la memoria colectiva, trayendo consigo recuerdos de episodios dolorosos como los aluviones que marcaron profundamente a nuestra región en años anteriores. Este golpe nos obligó a incorporar un nuevo proceso paralelo a una agenda ya exigente: evaluar con precisión y responsabilidad las condiciones institucionales, reorganizar nuestras operaciones y trasladarnos desde nuestros espacios habituales de trabajo, enfrentando la incomodidad natural de la contingencia, pero siempre priorizando la seguridad de nuestra comunidad universitaria.

Fue un momento de tensión, de incertidumbre y de urgencia. Pero también fue un momento de definición. Porque, aun en medio de la adversidad, la Universidad de Atacama no se detuvo. Como comunidad, nos levantamos con resiliencia, comprendiendo que el desafío de fondo no había cambiado. La acreditación seguía siendo un compromiso con nuestra calidad, con nuestros estudiantes y con el territorio al que pertenecemos.

Tres procesos simultáneos, cada uno de carácter estructural, un nuevo modelo de acreditación, una nueva gobernanza y una nueva estrategia institucional, a los que se sumó un evento inesperado que puso a prueba nuestra capacidad de respuesta.

La tormenta perfecta

Sin embargo, lo que pudo haber sido un escenario de fragmentación o incertidumbre desbordada, se transformó en una oportunidad de cohesión, aprendizaje y madurez institucional. La Universidad de Atacama no solo logró articular estos procesos, sino integrarlos en una narrativa común de desarrollo. El resultado es conocido: una acreditación de cinco años en todas sus dimensiones.

Pero más allá del resultado, lo relevante es el camino. Porque este logro no es únicamente la validación de un conjunto de indicadores o evidencias. Es la expresión concreta de una comunidad que fue capaz de dialogar, adaptarse y proyectarse en medio de la complejidad.

Hoy todos celebramos un resultado histórico. Y para quien no ha estado conectado al quehacer universitario, puede parecer un resultado exigible, incluso natural. Pero solo nosotros sabemos que fue una demostración profunda de compromiso colectivo, de convicción institucional y de resiliencia. Un logro que no surge de la inercia, sino del trabajo sostenido de toda una comunidad que decidió estar a la altura de su propio desafío.

Por eso, este hito merece quedar registrado. No solo como un resultado, sino como memoria. Para que en el futuro no olvidemos de qué somos capaces cuando actuamos como una verdadera comunidad universitaria. Y que, en medio de la tormenta, fuimos capaces de construir nuestro resultado soñado.

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